Meditar no sirve para nada

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He conocido de cerca a tres grandes escritores. Uno de ellos fue mi maestro, y las otras dos, mujeres que están grabadas en ese espacio límpido y brillante que nuestra mente reserva a las personas cuyo solo recuerdo basta para conectarnos a una sensación de ser ilimitados.

A otros muchos escritores y escritoras las he conocido incidentalmente, porque mi vocación de lector y editor no podría haberme llevado a algo distinto. También he conocido a escribidores: personas que comparten la pasión por contar historias, jugar con las palabras, pero que no poseen el don de transmitir en ellas los matices que las hacen poesía.

Cada vez que he conocido a una persona con el sentido del ritmo y la musicalidad que para mí distingue a un escritor, he podido constatar que para crear arte a partir de las palabras no necesita de un gran vocabulario, ni de palabras impresionantes o reflexiones profundas.

Sí, hay algunos escritores que son eruditos del idioma, otros que son filósofos y sabios, y unos cuantos más que son todo esto al mismo tiempo. Pero incontables son también los escritores que no están seguros de cuándo usar diéresis, que tienen faltas de ortografía, y que no entienden muchas de las rimbombantes palabras que a los académicos les encanta escuchar.

Porque para ser un mago de la palabra, no hace falta más que volverse uno con ella: conectarse directamente al lenguaje como un espejo emocional que nos permita ventilar conexiones sutiles a la sensibilidad de nuestra alma.

Conexiones como las que todos tenemos, aunque todos encontremos maneras distintas de expresarlas.

Pues bien, así como algunos de los más grandes poetas, novelistas y ensayistas que han existido jamás terminaron la universidad, ni son diccionarios andantes, ni pueden estar seguros todos los días de cuál haya o halla conviene utilizar, existen por toda esta amplia y maravillosa tierra en la que vivimos personas que se han convertido en auténticos maestros espirituales sin haber recurrido nunca a alguna práctica espiritual.

Y sin embargo, pasan desapercibidos.

Con el boom cultural y comercial que han recibido ciertos aspectos de la 'vida consciente', se ha difundido también el mito de que son ciertos hábitos y prácticas los factores indispensables para abrir la puerta de una vida espiritual a todas las personas interesadas en ella.

Desde el uso de detergentes ecológicos y las dietas libres crueldad, hasta la popularización en gimnasios de disciplinas de tradición oriental como el yoga o el tai chi, los aspectos exteriores de lo "espiritual" se han convertido en productos de consumo que entrañan (como tiende a ocurrir con toda actividad social en Occidente) una sensación de competencia.

Si bien son muchas las personas que adoptan de manera genuina -y en congruencia personal con sus emociones y sensaciones- algunas de estas prácticas y decisiones de vida, pareciera que al estar insertas en la vorágine de consumo que es nuestra sociedad no nos libramos por entero del impulso a acumular: en este caso, acciones y méritos para reforzar nuestras "características espirituales", que convenzan tanto a los demás como a nosotros mismos de que nos estamos esforzando lo suficiente.

El resultado natural de esta institucionalización de lo espiritual y sus manifestaciones aprobadas en nuestra cultura, es que perdemos de vista que vivir en una conexión espiritual es mucho más sencillo de lo que el bullicio externo parecería indicarnos.

Vivir espiritualmente no significa otra cosa que vivir conectados directamente a lo que somos y hacemos todos los días. Si quieres conocer a un verdadero maestro espiritual (éste es un aforismo ficticio que me encanta), sólo tienes que mirar a tu mascota.

Quien vive conectado a su cuerpo, presente en sus acciones y sus relaciones con el mundo que le rodea, no necesita de ayuda para definir ese estado de conexión. No necesita producirlo en momentos estratégicos del día, aprendiendo a recrearlo o evocarlo a través de esos pequeños gestos simbólicos como un plato de semillas o una clase de yoga.

Y nunca negaría que todas las prácticas y hábitos del llamado estilo de vida consciente sean complementos útiles para vivir de forma plena. Por supuesto que son herramientas valiosas, pero no exclusivas: entre todas las presiones que esta sociedad marca hacia nosotros, me entristece pensar que a veces nos dejamos excluir por la idea de un modo correcto de ser espiritual, y otorgamos a cierta práctica o cierto hábito el peso de ser ese elemento central mediante el que estamos obligados a definir nuestra conexión con nosotros mismos.

Estoy convencido de que en Occidente había personas espirituales mucho antes de que nos empezáramos a cuestionar sobre la importancia de serlo.

Campesinos, alfareros, maestros, elevadoristas, conductores de camión... (si alguien tiene la película Paterson en un cine cercano, les recomiendo verla). Todos tenemos la misma posibilidad, día a día, de estar presentes en el mundo, de respirarlo, aprehenderlo, experimentarlo a fondo.

Sólo tenemos que recordar que experimentar a fondo no tiene nada que ver con los elementos externos, sino con nuestro estado interior. Ni hace falta irse al Tíbet o meditar 20 minutos todas las mañanas, ni irse al extremo opuesto y renunciar a la posibilidad de hacerlo. Basta con saber disfrutar de lo que somos y lo que hacemos, sin exigirnos a nosotros, ni esperar de los demás.

Para cada uno, el aprender a amar lo que somos y proyectar ese amor hacia todos los aspectos de nuestra vida funciona en forma distinta.

Es cierto que muchas personas han experimentado un empoderamiento y una tranquilidad personal inestimables justamente a través de la meditación y los viajes o retiros a lugares que evocan una atmósfera de conexión y presencia. Pero si la plenitud de vida estuviera cerrada sólo a las personas que se identifican con esa forma de ser espiritual, entonces serían muchísimas las personas que renunciaran a vivir en congruencia y en armonía con ellos mismos. 

Así como un escritor no necesita de palabras sofisticadas ni de complejas herramientas del idioma para expresar lo que ya está en él compartir, ninguno de nosotros necesita de un maestro, de un tapete de yoga o de una dieta macrobiótica libre de alimentos genéticamente modificados para vivir de forma espiritual.

Si realmente nos sentimos identificados con cualquier de esas cosas, e incorporarlas a nuestra vida cotidiana se vuelve un motivo de gozo y de tranquilidad, entonces, bienvenidas sean las artes y las formas de la Espiritualidad con e mayúscula.

Pero si jugar naipes, cosechar naranjas, o escuchar a volúmenes alarmantes un disco de thrash metal es lo que nos hace acceder a estados de comunión plena con nosotros mismos, entonces, bienvenida también toda expresión de lo que somos.

Mientras estemos genuinamente conectados a ella, será tan espiritual como el áshram más sagrado de la India. Y mientras llevemos esa aceptación de nosotros mismos a tantos aspectos de nuestra vida como sea posible, podremos decir que meditar sentados en flor de loto no nos sirve para nada, porque tenemos otras maneras de vivir ese mismo estar presentes.

 

Artículo por Carlos Millán | Foto por JJ Ying