Perder un brazo en Noruega

Tal vez no reconoces de inmediato el nombre de Roald Dahl, pero creo que sin duda habrás oído alguna vez de sus libros (o de sus respectivas adaptaciones a la pantalla). 

Gracias a obras maestras como Matilda, Las brujas, James y el melocotón gigante, y Charlie y la fábrica de chocolate, Roald Dahl es considerado uno de los autores para niños más influyentes de nuestro siglo (a este respecto, debo disculparme por pensar que nuestro siglo es el XX; tengo cierto escepticismo cronológico para aceptar que ya pasaron 17 años del nuevo).

Dahl nació en Gales, Reino Unido. Así inician todas sus biografías, pero también todas las biografías mencionan que su familia era noruega, y Roald se sintió siempre muy identificado con ese país. 

Y una de sus historias personales favoritas, era contar cómo su padre logró hacer una fortuna en Inglaterra, a pesar de haber llegado sin una sola libra a ese país.

Harald Dahl triunfó en los negocios gracias al boyante mercado naval del Reino Unido, y siempre deseó que sus hijos fueran educados en escuelas inglesas, porque creía que formaban un carácter y una visión del mundo que no podía obtenerse en ningún otro sistema escolar de Europa.

Yo tengo mis dudas sobre qué tan ejemplares eran los internados ingleses en la segunda mitad del siglo XX, pero el hecho es, que por todo lo que Roald nos cuenta en sus memorias, Harald fue un buen padre. 

Y aunque murió de neumonía cuando sus hijos eran todavía muy pequeños, Roald siempre afirmó que los años en que contó con su presencia bastaron para afirmarlo en dos creencias importantes.

La primera, que se podía ser ciudadano del mundo sin perder nunca la identificación con una cultura materna (los padres de Dahl, aunque convencidos de las ventajas de vivir en Inglaterra, eligieron el nombre de su hijo en honor a Roald Amundsen, explorador del Antártico que era considerado un héroe nacional de Noruega en esos tiempos).

La segunda, que sin importar la manera en la que los demás lleguen a juzgarte o definirte, sólo tú puedes elegir lo que realmente amas hacer, y el que seas capaz de triunfar haciéndolo. 

Harald le transmitió a su hijo el poder de una elección consciente. Cuando yo era sólo un muchacho, solía decirle a su familia, no había muchas oportunidades para el comercio en Noruega. Pero sabía cómo se estaban abriendo los mercados internacionales, y que mi lugar para poner en práctica mi habilidad de negociante estaba en Inglaterra.

Pero el padre de Harald trató de desalentarlo muchas veces. Le decía que era sólo un muchacho de campo, que no conocía nada fuera de Noruega, y que además le iba a ser difícil empezar desde cero en Inglaterra, cuando ni siquiera tenía sus dos brazos para defenderse por sí solo.

Harald había perdido el brazo derecho cuando tenía catorce años, al caer de un tejado que estaba ayudando a reparar. En realidad la caída sólo debió haberle producido una factura, pero el médico que lo atendió (de acuerdo a las declaraciones de la familia) estaba borracho, y creyendo que era una dislocación en lugar de una fractura, insistió en mover el brazo del pobre Harald hasta que los huesos fracturados terminaron por quedar expuestos.

Con la piel perforada y la fractura agravada por la ineptitud del médico, la familia de Harald decidió permitir que le amputaran el brazo. Hoy nos puede parecer una decisión descabellada, pero las cirugías reconstructivas para una fractura así de grave no existían en esa época, y la herida que rodeaba a los huesos expuestos era tan amplia que había un riesgo de infección importante, si se optaba por esperar una cicatrización natural.

En fin, no es un secreto que la medicina alópata hasta hoy sigue siendo bastante invasiva (aunque menos rudimentaria que la amputación de un brazo fracturado, por supuesto). El hecho es que el Harald adolescente se encontró de pronto sin un brazo, el que usaba para la mayoría de las cosas, siendo diestro.

Pero muy pronto decidió que la ausencia de una extremidad no iba a limitarlo para nada. Lo primero que hizo en cuanto estuvo recuperado de la cirugía fue mandar a hacer con el herrero un tenedor especial: afilado y ligeramente curvo en uno de sus dientes, para que pudiera usarlo al mismo tiempo como cuchillo.

Harald cargó en todos sus viajes de negocio, durante el resto de su vida, ese tenedor para asegurarse de que nunca necesitaría ayuda de nadie para rebanar y comer cualquier platillo que le pusieran enfrente. 

Y así como en ese detalle pequeño decidió que encontraría la forma de no admitir obstáculos en su vida, desoyó las recomendaciones de su papá y se fue a probar suerte en los negocios fuera de Noruega. Y lo hizo tan espectacularmente bien, que sólo 9 años después de haber llegado a Gales (después de una temporada inicial en Francia), Harald se había convertido en el hombre más rico del distrito de Llandaff.

La decisión de su padre de no aceptar las limitaciones que otros parecían haber decidido para él, fue uno de los motivos que llevaron a Roald a querer escribir y publicar sus relatos, a pesar de que durante toda su educación formal sus maestros lo consideraron un terrible alumno (con una 'muy limitada capacidad' para la expresión escrita').

Bueno, pues todo esto suena muy bien, y podemos alegrarnos por Harald y Roald, en tanto que ambos lograron obtener un sentido de realización, y de estar compartiendo algo importante de su vida con las personas que los rodeaban.

Como admirador de sus libros (tanto infantiles como para adultos), he leído y releído la historia del escritor galés y su familia noruega muchas veces. Sobre todo porque uno de los libros en que quedó registrada gran parte de su historia familiar es Boy, un libro divertidísimo de anécdotas curiosas y momentos especiales en la infancia del autor.

Pero hasta hace poco, no había hecho la conexión entre Harald, el magnate noruego sin un brazo que triunfó en el negocio de ser proveedor de navíos, y un hombre al que veo casi de manera invariable cada mes en la línea del metro que más recorro (en el pasado, lo habría visto varias veces al mes, pero desde que descubrí la libertad que da el transporte en bicicleta, sólo para distancias muy largas vuelvo a aventurarme en los vagones).

Este hombre es uno de los cientos (tal vez miles) de vendedores y pedidores ambulantes que uno encuentra por la red del metro en la Ciudad de México. [Una nota obligada: hay quien argumenta que ya no se debe usar el artículo "la" antes de Ciudad de México, ahora que el título completo es su nombre oficial como entidad federativa con su propia constitución; pero, la verdad, es que la utilización del artículo, la decido yo.]

La expresión pedidores ambulantes no existe en realidad, por supuesto, pero puede inferirse a lo que me refiero. La palabra mendigos no me convence en absoluto, sobre todo porque, como Arthur Conan Doyle dejó escrito en algunas de las historias de Sherlock Holmes, pedir dinero por las calles puede volverse una actividad profesional en sí misma, que toma bastante tiempo del día, y que en ocasiones resulta más lucrativa que un empleo en una oficina o almacén. 

Y en un país en que los salarios y nombramientos de funcionarios públicos se reparten con una generosidad tan descarada como injustificable, no me parece que nadie debiera juzgar a las personas que han optado, por una razón u otra, en convertirse de momento en pedidores ambulantes.

Por eso busco no discriminar entre vendedores y pedidores, y me encariño por igual con aquellos que tienen algo distintivo para marcar su presencia en los vagones. Está, por ejemplo, el vendedor de manuales de matemáticas de la voz tan grave que parece sobrenatural, con la cabeza rapada a excepción de la delgada coleta que le llega más allá de media espalda. Está el invidente de expresión bondadosa, que rinde versiones siempre apasionadas de los éxitos de Napoleón y Armando Manzanero; y está el hombre de las cejas especialmente espesas, con un volumen de abdomen que delata que la buena comida no le falta, que siempre usa playeras de tirantes -aunque no creo que de manera estudiada- para dejar el muñón de su brazo diestro descubierto.

Durante varios años, le he dado una moneda siempre que tengo la ocasión. No me parece que haga daño a nadie, y sé perfectamente los indignantes salarios a los que pueden aspirar las personas sin la vana y obsoleta credencial social que es un título universitario en México (posibles credenciales alternas: ser blanco y alto, o al menos alto y bien parecido, entendiendo esto último como "sin ningún rasgo que recuerde a los pobladores originales del continente").

Eso, por supuesto, contando con los brazos. Sin la posibilidad de usar uno de ellos, la pregunta en mi cabeza parecía sencilla, ¿cuántas otras opciones le quedan a la persona que está parada delante de mí? Siempre creí que no muchas, y que no era el fin del mundo pasar el día en el metro pidiendo un poco de ayuda a otras personas.

Sé que mucho podría objetarse a este razonamiento. Para empezar, ¿por qué normalizar la ayuda colectiva de parte de la clase media a individuos con ciertas necesidades? ¿No debería la clase alta y el gobierno encargarse de tener programas de ayuda social? Etc, etc.

No voy a ahondar en esos temas, porque para mí, la decisión final siempre queda entre persona y persona. No me siento cómodo con la idea de que el gobierno, ni instituciones o grupos específicos, decidan o influyan en cómo voy a actuar con el ser humano que tengo físicamente enfrente de mí (sea mi pareja, mi vecino, o un desconocido en el metro).

Pero, hace un par de días, me asaltó una duda distinta. ¿No debería alguien motivar al señor de las camisetas de tirantes a intentar probar suerte en un negocio? ¿Por qué no debería él tener las mismas probabilidades de lograr éxitos algo inesperados, tal como lo hizo Harald Dahl?

Me sentí un poco culpable, porque por primera vez, asocié el ayudarlo con una moneda a decirle: sé de un noruego sin un brazo que se hizo muy rico, pero no creo que tú puedas hacer lo mismo. 

La cuestión es que no estoy seguro de si creo que eso es cierto. Por un lado, mi yo emprendedor siempre le recomienda a cualquier persona animarse a empezar un negocio. En realidad, si alguien sin un título universitario y sin un brazo se acercara a mí diciendo ¿qué opinas de esta idea de negocio?, le diría sin dudarlo, estupenda, mira, te sugiero esto o aquello, pero cuándo empiezas, lo más importante es empezar, dime si puedo ayudar en algo.

Pero la verdad es que nunca se me habría ocurrido a mí el irle a proponérselo a él: ¿no te gustaría iniciar un negocio? Porque hay otra parte de mí que asegura que no es tan fácil hacer negocios en México como en Inglaterra (hace 100 años, además, ¡todo estaba todavía sin inventarse y sin competencia!).

Esta parte de mí piensa también que, por no ser europeos, tenemos menos probabilidades de hacernos ricos. Y que sin duda alguien con una capacidad física disminuida podría triunfar emprendiendo, como también alguien de un sector bajo podría hacerlo, pero que alguien que pertenezca a estos dos grupos demográficos al mismo tiempo, jamás tendrá la mentalidad que tenía un joven visionario noruego, lleno de objetivos y de confianza en sí mismo.

Y no lo sé, puede que esa parte de mí tenga razón en ciertos aspectos. Pero también creo que muchos de esos obstáculos que imagino para que mi conocido del metro triunfara en los negocios, son excusas, mecanismos de justificación a los que me aferro porque en algún momento, en alguna medida, también pueden serme útiles para disuadirme de intentar nuevas cosas.

Sé que no hay una respuesta definitiva, pero la pregunta me atormenta: 

¿Es tan distinto perder un brazo en Noruega?

Espero que no. Espero que tanto yo como el señor del metro, y todos los mexicanos con uno o dos brazos, seamos capaces de muchas más cosas de las que esa pequeña vocecilla limitante en nuestro cerebro quiere convencernos que somos. 

 

Artículo por Carlos Millán | Foto por Ioana Casapu

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